miércoles, 6 de julio de 2016

Locura: internet y libertad de expresión se van al tacho

He visto cosas locas. He visto cosas absurdas. Pero como estas, es difícil.
La historia es corta. Un tribunal resuelve que Uber no puede funcionar y, por tanto, le tira con todo. El punto es que ese "con todo" implica ordenar cautelarmente a redes sociales que no acepten publicidad de Uber; a las tiendas de aplicaciones que no permitan la descarga de la aplicación; y a las empresas prestadoras que bloqueen la página. TODO LO CUAL, no es otra cosa que violar la arquitectura de una internet libre y neutral y, además, violar la libertad de expresión.

El caso tiene enormes repercusiones (acá se ocuparon de una manera interesante) y supongo que seguirá dando que hablar.


Va la primera







Otra más














Otra más







La última










lunes, 13 de junio de 2016

Licencias no automáticas y corrupción

Ha pasado un poco el revuelo mediático que causó el tema las licencias no automáticas para la importación (por ejemplo, acá).
Vale la pena, entonces, citar lo que se dijo acá:
                  
The worst form of protection is considered to be import licensing, with its massive potential for creating opportunities for corruption. To the extent that there has to be protection, let it be provided by tariffs, so that at least the public purse gets the rents. And keep distortions to a minimum by limiting tariff dispersion and exempting from tariffs imports of intermediate goods needed to produce exports. 

Recapitulando: sin juzgar acerca de las medidas proteccionistas, que pueden ser útiles en muchos  casos, lo que se está haciendo ahora -no good my friend, no good-, genera más corrupción.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Abogados para el siglo XXI

Muy interesante la nota en The Economist sobre los estudios de abogados, acá. Va también a continuación.


CONVENTIONAL law firms charge vast hourly fees and then hand the work to underlings while the partners play golf at clubs their clients are too poor to join. At least, that is how it seems to many clients, whose irritation at being overcharged turned to fury during the recession.
Some clients are switching to unconventional law firms, which claim to offer equally good lawyering for much less money. Take Clearspire. The firm’s 20 or so lawyers work mostly from home, collaborating on a multi-million-dollar technology platform that mimics a virtual office. A lawyer checking in on a colleague automatically sees a picture of her on the phone when she is, in fact, on the phone. Clients use the platform too, commenting on and even changing their own documents as they are being drawn up. Conventional lawyers are far less open.


From the start, Clearspire offers cost estimates for each phase of a legal job. Employees who underestimate how long it will take cannot simply jack up the bill—they must take the hit themselves. But if a lawyer finishes his work faster than promised, he gets a third of the savings. The client also gets a third, as does Clearspire. This gives everyone a stake in making the process more efficient and predictable.
Bryce Arrowood, the founder, notes that law firms reward partners who bring in business, and not necessarily the most brilliant lawyers. Yet clients’ priorities are exactly the reverse. So Clearspire has an unusual dual structure. American law firms cannot have non-lawyers sharing fees with lawyers. (Britain used to be the same, but will ditch this pointless rule this year.) So Clearspire must be two entities: a law firm, with salaried employee-lawyers rather than partners, and a second company that focuses on bringing in business and supporting the lawyers.
The discount for clients is sweet. George Kappaz is a private-equity boss who recently gave a complex job to Clearspire (structuring an equity package for Astrata, one his fund’s firms). He estimates that it cost a quarter of what he would have paid the big firms he used before, and Clearspire’s work was just as good. (Many of its lawyers come from top-notch law firms.) Mr Kappaz predicts that the Clearspire model, or something like it, will revolutionise the legal business.
Perhaps so, but for Clearspire it is early days. Can it make money? A company like 11-year-old Axiom proves that clients have an appetite for alternative models. Axiom either seconds some of its hundreds of lawyers to a company, takes on a whole chunk of a client firm’s legal work (such as commercial contracts), or performs “discovery” (reviewing documents for litigation). Rather than charging by the hour for each lawyer, it asks for a single flat fee, or charges for a team by the week or the month. Expenses are kept low by having headquarters in SoHo, a chic bohemian bit of New York, and by stashing many lawyers in even cheaper places such as Houston and Hyderabad.
The recession was good to Axiom. After it sent its consultants, recruited from the likes of McKinsey and Accenture, to clients to help them trim their legal spending, the clients gave Axiom more work. Revenue grew from $55m in 2008 to $80m in 2010. This year the firm expects to rake in $120m. Companies were always under pressure to cut their legal bills, says Mark Harris, Axiom’s boss. But “fake pressure” before became “real pressure” during the downturn.
Axiom and Clearspire serve some of America’s biggest companies. Other entrepreneurs are aiming at small-business clients. These would normally take a chance on finding the right sole practitioner or small firm. But on LawPivot, a year-old social-networking website for lawyers and those who need them, potential clients post questions (up to three a month), and lawyers provide free, brief answers. The lawyers make nothing, but use the service to drum up custom. Clients can test a lawyer’s skill before opening their wallets.
LawPivot is a social-networking site, not a law firm—it will make its money initially by charging lawyers to upgrade their profiles (similar to the networking profiles on LinkedIn). Google Ventures is a backer, and Apple’s former top lawyer for mergers and acquisitions is a co-founder. This kind of heft will bring it up against LegalZoom, the biggest seller of online forms and easy, repeatable legal services for small businesses and individuals. LegalZoom now wants to put more of its contract lawyers to work directly for clients at a flat rate.
It is more than a decade since the internet made book-buying cheaper and more convenient. If technology now helps cut gargantuan legal bills in America and elsewhere, it will be better late than never.

domingo, 5 de julio de 2015

Políticamente correcto ¿Jurídicamente incorrecto?

El autor de esta entrada no fuma, ni fumancha.
Sin embargo no puede menos que notar una cuestión que considera contradictoria, ¿hipócrita tal vez?, de la sociedad en la que vive (en la que le encanta vivir, vale aclarar, y a la que prefiere más que a la de ninguna otra época). La contradicción: que cada vez está peor visto, y más prohibido, desalentado, etc, el tabaco; y menos prohibida, más tolerada, despenalizada, etc, la marihuana.
No es el objeto de este post tomar post-ura (je) sobre el tema, ninguno de los dos. Sólo quiere el autor hacerse y hacerles, tomando el estilo que imprimió a su nueva etapa bloguística el amigo Ramiro A. U., algunas preguntas.
Parece que es lo políticamente correcto estar en contra del cigarrillo y estar a favor del faso. Pero ¿es sostenible una cosa y la otra, al mismo tiempo y desde el mismo punto de vista en el mismo ordenamiento jurídico? on what grounds podemos prohibir una cosa y permitir la otra? no hacen tan mal a la salud las dos? no son tan privadas una accion como la otra?
¿No es paternalismo acaso la campaña feroz contra el cigarrillo de los ministerios de salud? 
No se trata de comparar peras con manzanas, ya sabe el autor que una cosa es una despenalización y otra una prohibición administrativa. Pero si se siguen las tendencias como vienen parece dos caminos que se bifurcan, y el Estado en todo caso tendría que tratar más coherentemente estas dos conductas, porque no son tan distintas, a mi me parecen más bien bastante parecidas. Y si no que opinen los bebedores de cerveza qué piensan de los que gustan del vino...
El autor espera los comentarios de los lectores, porque ya no entiende nada. Quizás tendría que empezar a fumar y algunas cosas las vería más claras...

viernes, 1 de agosto de 2014

Ser profesor, ¿para qué? (de JJ Carbajales)

Juanjo Carbajales es uno de los grandes amigos que me dio el Master en Derecho Administrativo de la Austral -fuimos integrantes del glorioso grupo 5. JJ, además de abogado y magister en D.A., es licenciado en Ciencias Políticas- y tiene una marcada vocación docente: es profesor de Derecho Administrativo y de Filosofía Jurídica. 
Respondiendo a la entrada anterior sobre las características de un buen profesor de Derecho, Jey Jey nos mandó este excelente post. 


Hace unos años el escritor italiano Umberto Eco se preguntaba para qué sirve el profesor en la era de la informática, donde la información fluye en abundancia y al instante. Su respuesta fue que la función primordial era intentar “reorganizar sistemáticamente lo que Internet le transmite [al alumno] en orden alfabético, diciendo que existen Tamerlán y monocotiledóneas pero no la relación sistemática entre estas dos nociones”.

Bajo esta inteligencia, es preciso abonar al debate sobre cómo aunar el deber y la pasión del maestro, la profesión y su vocación. Si partimos desde una de las teorías éticas plausibles (entre muchas otras), encuadrada en el imperativo categórico de Kant y en su visión de la Ilustración, podríamos postular que una de las finalidades básicas de la enseñanza es la de tomar a cada persona como un fin en sí mismo, esto es, buscar que cada alumno comprenda y asimile los conceptos a enseñar en clase. Provocar que el sapere aude emancipador se plasme en el aula y que cada estudiante se atreva a pensar por sí mismo; como propone el profesor Guibourg, director de la Maestría en Filosofía del Derecho de la UBA, facilitarle los caminos para que pueda construir su propio sistema de pensamiento, ponerlo a prueba y hacerse responsable por él ante sí mismo y ante los demás.

De allí que el objetivo basal debería ser enseñar a los alumnos a pensar. Esto es, no sólo a discutir argumentos –cambiantes e históricos, con diferentes grados de importancia y razonabilidad–, sino a formarse criterios que permitan distinguir y clasificar, agrupar y desechar, elegir, valorar y jerarquizar tales argumentos; en una palabra, sistematizar aquéllas ideas sueltas, explicitar las “relaciones sistemáticas” entre conceptos aparentemente disociados. Para llevar a cabo esta compleja tarea siempre es mejor disponer de ciertas bases filosóficas que ayuden a volcar una mirada reflexiva sobre tales relaciones.

Todo ello, enmarcado en teorías generales (de sistemas, de la economía, del derecho, de la ética misma) cuya misión es iluminar el razonamiento en cuanto al grado de consistencia de la aplicación práctica de los argumentos en juego pero, principalmente, de los criterios en disputa, señalando inatinencias formales e incoherencias sistémicas.

Motivar el pensamiento crítico radicaría, pues, en habituar a los alumnos en la búsqueda permanente de los fundamentos filosóficos de cada ciencia y de sus problemas recurrentes, evitando formar –incluso en los primeros años de la Universidad– hiperespecialistas acostumbrados a tener la cabeza dividida en múltiples disciplinas “autónomas”.

Orientación de vida
Este rol docente es, en definitiva, semejante a la tarea de formación asumida por padres y maestros iniciales. Como dice el ex rector de la UBA Jaim Etcheverry, la función formativa de estos adultos es actuar “como la hiedra”, que alienta, estimula el crecimiento y entusiasma al joven (quien lo agradece), pero que, a la vez, ofrece resistencia y firmeza (tarea ésta no siempre complaciente). En una palabra, el profesor encarna la figura de un muro que apoya y limita. Y, citando al filósofo español Fernando Savater en su libro El valor de educar, concluye que ese rol docente está basado en un “apoyo resistente, cordial pero firme, paciente y complejo”, cuyo objetivo es “ayudarlos a crecer rectamente hacia la libertad adulta”.

Pero educar en el razonamiento criterioso y poner límites puede resultar tedioso y hasta contraproducente en los alumnos. Para contrarrestar esta tendencia, es necesario “salirse del libreto” habitual y desencajarlos de entrada, quebrarles la cabeza y hacerles sentir que no saldrán del aula igual que como entraron. Que nuestra clase les cambiará la vida para siempre. Para lo cual es ineludible partir de un requisito ordenador: tener en claro para qué se enseña y qué herramientas se utilizarán para conseguir los objetivos perseguidos. Será estimulante, así, que el docente con sincera vocación por el aprendizaje (no sólo por la enseñanza “de manual”) se atreva a explicar su ciencia pero también a transmitir su experiencia; a hacer entendibles a los autores estudiados al tiempo que se muestra como un faro iluminador –incluso dejando entrever algunos retazos de su propia biografía. Por un lado, dar el programa de la materia, con suma exigencia y siempre buscando la excelencia (lo que conlleva a evitar las opciones presumiblemente ventajosas para el alumnado pero que, a la larga, sólo tienden a bajar el nivel de la enseñanza y a descalificar el valor del título que oportunamente conseguirán).

Por el otro lado, ha de procurarse –por todos los medios posibles– orientar a los estudiantes, desacralizando las formas y humanizando las jerarquías. De esta manera, si el profesor no sabe dar instrucciones precisas sobre cómo seleccionar el material a utilizar, “por lo menos –aconseja Eco– puede ofrecerse como ejemplo, mostrando a alguien que se esfuerza por comparar y juzgar cada vez todo aquello que Internet pone a su disposición”. Demostración válida no sólo para el uso de una técnica específica, del oficio que el docente domina en tanto su especialidad, sino también como patrón de conducta, como ejemplo de integridad profesional y humana. Kovadloff ha descripto este compromiso al referirse a los “maestros cabales”, cuya virtud principal radica en que mientras el docente convencional se limita a dar a conocer un contenido, informar y a lo sumo explicar, un gran maestro “transmite, encarna lo que comunica, respalda, mediante un profundo compromiso personal lo que pone en juego como saber”, con lo que “alcanza el corazón del estudiante, lo transforma, genera en él una predisposición al aprendizaje nacida de la empatía”. Y del amor por el estudio, potenciado en la época dorada de ser estudiante, en la que todo se le perdona y hay tiempo para dedicar al “ocio formativo” (total, la etapa laboral ya vendrá, indefectiblemente, pero lo que no se estudia de joven no se estudia más –o costará el doble de esfuerzo y dinero).

En este marco, quien tiene un curso a cargo no debe perder de vista que una misión fundamental del educador es ayudar a los estudiantes a construir su vocación, en tanto esta no es una cuestión exclusiva del 5º año de la secundaria –al momento de elegir una carrera–, sino una problemática permanente, al armar y reconfigurar su propio perfil personal, su camino de vida, su derrotero existencial. Es que aquellos pasarán largos años en el sistema educativo formal, no solo cursando materias correlativas, sino –principalmente– inventando su futuro, buscando su lugar en un mundo laboral hipercompetitivo, oteando en qué funciones serán personas pensantes, trabajadoras, creativas, ojalá siempre útiles a la sociedad. Por ello es importante inculcarles que no deben perder el tiempo (vg. dejando materias), pues dichas pérdidas tarde o temprano se pagan. Es difícil, requiere introspección, pero si el estudiante tiene idea de cuál es la finalidad última que persigue en las diferentes etapas, cada paso cuenta, cada hora de estudio suma… por lejos que quede la meta. ¡Hay que esforzarse hoy para el largo plazo! Acumular acciones positivas que los acerquen a la utopía (aunque ésta siempre se vaya corriendo).

Técnicas de docencia
Ahora bien, esta mágica y reconfortante tarea docente ofrece múltiples variantes al momento de ser plasmada en prácticas concretas. En este sentido, la experiencia (de un joven docente universitario en el área del derecho) indica que deben privilegiarse los métodos que permitan conocer personalmente a los alumnos e integrarlos como grupo. Implementar una dinámica interactiva, basada en la idea de que el error es deseable como parte del aprendizaje. Es que el ritmo dado al vínculo entre docentes y alumnos es fundamental para extraer lo mejor de cada uno, en el entendimiento de que el saber de quien está al frente del curso es siempre limitado y no otorga privilegios ni un status especial, lo que implica restringir al máximo el dictado de “clases magistrales” y volcarse a un feedback mutuamente constructivo.

Por ello, a través de una interacción fluida ha de buscarse motivar a cada estudiante a que se atreva a hablar, a expresar sus ideas en público, a equivocarse frente a sus pares, a no buscar necesariamente la aprobación del docente, a construir alguna de las múltiples respuestas posibles y –principalmente– a funda siempre esa respuesta en forma coherente con su propio sistema de pensamiento. Este esquema predica también el elemental acto de llamar a cada alumno por su nombre de pila, pues ¡el efecto en su autoestima es increíblemente redentor! Y si este ambiente es fomentado a través de métodos vinculados con lo lúdico (utilización de disfraces, fichas, actividades de compromiso corporal, experiencias vivenciales como entrevistas y visitas, etc.), los resultados serán recordados por años.

Otra técnica aconsejable es que el contenido de las evaluaciones sea también para pensar, tendientes a la aplicación de la teoría a un caso concreto, mediante la subsunción de las categorías conceptuales a un problema determinado. En esta tónica, ha de darse preferencia a los temas de actualidad, que tienen el plus de “enganchar” a los alumnos en tanto los conecta con su cotidianeidad y les permite verificar la incidencia de las construcciones teóricas en la realidad. La lectura y decodificación de las noticias y opiniones en medios audiovisuales despierta interés y aporta elementos de juicio para contrastar lo que se estudia en clase con lo que luego pasa en el afuera. Como advierte Guibourg, “no hay práctica (…) que no se inserte en una filosofía, así como no hay filosofía que no se traduzca en hechos y actitudes”. En este contexto, si bien es útil el uso del método de casos, que ejercita al alumno en la lectura cotidiana de los “casos difíciles” de cada ciencia, es esperable que ese saber práctico sea respaldado por una reflexión conceptual integradora. Así, el círculo virtuoso de la enseñanza se habrá logrado.

Desafío
No es fácil ser profesor, lograr el milagro de aunar la profesión ardua y la vocación ardiente. Pero el desafío aconcaguático vale la pena. ¡Es un acto de amor! Y siempre en el convencimiento de que la palabra del docente “no es la última, sino la orientadora” (Kovadloff dixit). En pos del objetivo rector de abrir la cabeza a los alumnos, para que se atrevan a desarrollar un pensamiento crítico. Cualquiera sea su contenido.

El autor es docente de Filosofía del Derecho en la UBA.